Imagina que un día encuentras unas piezas de rompecabezas. No sabes cuántas más faltan, ni qué formarán, sólo te animas a unirlas. Notas que van formando un enigmático conjunto. Son tus fragmentos de alegrías, expectativas, decepciones, recuerdos, vivencias y errores. Con ingenuidad e ilusión (¿Se necesita lo primero para sentir lo segundo?) los llevas contigo y los sigues juntando.
Algunas son desconocidas: no sabes si pertenecen al rompecabezas anterior, u originan el siguiente. Otras son repetidas, pues se mantienen contigo en cada nueva historia, aunque cambien de personajes. Y habrá muchas que no podrás colocar todavía, pues necesitarás de tiempo y otros fragmentos para encontrarles su lugar.
Sería sencillo juntarlas si fueran como la imagen, pero no. No encajan perfectamente. No existen las de los costados, esas que limitan y facilitan juntarlas primero. La otra persona no tiene las piezas que te faltan, pues también está buscando las suyas.
Es por eso que ambos no saben dónde comenzar, ni cuándo terminar, y las van juntando con cuidado. ¿Cómo evitar herir o terminar heridos, si lo que buscan es acercarse? En realidad, ambos rompecabezas son cuadros al que le quitan las telas que los cubren, y se intercambian esperando no ser destrozados más.
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